La chica dio el paso y se acercó
ofreciéndole un cigarro, el cual él rechazó. Apoyó los brazos en el barrote del
balcón, aspiró mirando las luces de los semáforos parpadeando a lo lejos y dijo
desbordado por la melancolía y la dulzura:
-Si algún día puedo comprarme un
paraíso, les reservaré un sitio a los que estuvieron en las noches tristes.
-Entonces tampoco tendrás que
reservar mucho sitio.-le dijo ella
-Ya, pero bueno no importa, si te digo la verdad, no sé qué
haría en ese paraíso, aunque igualmente acabaría destrozándolo.-respondió él
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