Estaba recordando
cómo sus padres le daban la tabarra apretándole para que fuese como su hermano.
Su hermano llegaría alto en la vida, le decían. Él les respondía así:
-Yo no quiero llegar
alto, quiero caer a lo más bajo, así, si algún día subo a lo más alto, podré
decir que conocí la vida en toda su extensión. Pero vamos, prefiero caer a lo
más bajo, lo bueno de estar ahí es que nadie puede hundirte aún más. Antes que ser un mierdas como mi hermano
prefiero pegarme fuego.
Sus padres no sabían
que hacer con él, lo llevaron a psicólogos, hablaron con miles de profesores en
sus muchas expulsiones de colegios, pero nada, nada le ayudaba, no se daban
cuenta de que, justamente, lo que necesitaba era estar solo, ninguna ayuda a veces es
la mejor ayuda. Deja caer al que no
quiere levantarse. Seguramente no quiere levantarse porque lo que verá le
desgarrará por dentro. Su hermano nunca le había hecho nada malo a él directamente, más bien todo su
odio se debía a las constantes comparaciones que hacían sus padres. Entonces
debería odiar a sus padres, no a su hermano. Las comparaciones son odiosas,
dicen, pero deberíamos odiar más a la persona que al hecho, las personas un día
desaparecerán y puede que el odio desaparezca con ellas, pero los hechos se
repiten una vez tras otra en el tiempo. Aunque, mirándolo así, siempre habrán cabrones
dispuestos a joderte la vida, de eso nunca falta. Parece que el mismo mundo se encarga de crear
gentuza que genere odio, es como si Dios necesitase odio en el ambiente, Dios
siempre es más propenso a crear odio que amor. Elías ignoraba el hecho de que
su hermano, muy en el fondo, hubiese deseado ser como él. Su hermano no era
ningún estúpido aunque él así lo creyese, quería ser libre como él, quería ser
un desgraciado y no una futura promesa. Las futuras promesas siempre son
presentes fracasos. Elías era 2
años mayor que él, pero un abismo les separaba.
-Un día de estos voy
a matar a mi hermano-dijo de pronto Elías
-Mátate a ti mismo,
que para eso sí que hacen falta cojones. Recuerdo que una vez me recitaste una
frase de un tal Séneca que decía que es más digno aprender a morir que a matar.
-Sí, cierto. Respecto
a lo de mi hermano.. que va, mi hermano no tiene la culpa, en todo caso la
tengo yo, pero bueno, lo mismo nadie tiene culpa de nada. Epícteto dijo algo
así como que el vulgar le echa la culpa a los demás, el inteligente a sí mismo
y el sabio a nadie.
-Yo creo que odias a
tu hermano porque no te atreves a odiar a tus padres.-le dijo Lucía
Elías no sabía qué
decir, parecía haber una tocado una fibra muy sensible, quizá esa era la fibra
de la razón, cuando la razón nos estrella contra la pared nos quedamos sin
palabras. Tanto alcohol y demás drogas lo habían acercado tanto a la verdad que
ya no podía verla desde lejos.
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