lunes, 8 de septiembre de 2014

El arte de tocar fondo: Fragmentos

Estaba recordando cómo sus padres le daban la tabarra apretándole para que fuese como su hermano. Su hermano llegaría alto en la vida, le decían. Él les respondía así:

-Yo no quiero llegar alto, quiero caer a lo más bajo, así, si algún día subo a lo más alto, podré decir que conocí la vida en toda su extensión. Pero vamos, prefiero caer a lo más bajo, lo bueno de estar ahí es que nadie puede hundirte aún más.  Antes que ser un mierdas como mi hermano prefiero pegarme fuego.

Sus padres no sabían que hacer con él, lo llevaron a psicólogos, hablaron con miles de profesores en sus muchas expulsiones de colegios, pero nada, nada le ayudaba, no se daban cuenta de que, justamente, lo que necesitaba era estar solo, ninguna ayuda a veces es la mejor ayuda.  Deja caer al que no quiere levantarse. Seguramente no quiere levantarse porque lo que verá le desgarrará por dentro. Su hermano nunca le había hecho  nada malo a él directamente, más bien todo su odio se debía a las constantes comparaciones que hacían sus padres. Entonces debería odiar a sus padres, no a su hermano. Las comparaciones son odiosas, dicen, pero deberíamos  odiar más a la persona que al hecho, las personas un día desaparecerán y puede que el odio desaparezca con ellas, pero los hechos se repiten una vez tras otra en el tiempo. Aunque, mirándolo así, siempre habrán cabrones dispuestos a joderte la vida, de eso nunca falta.  Parece que el mismo mundo se encarga de crear gentuza que genere odio, es como si Dios necesitase odio en el ambiente, Dios siempre es más propenso a crear odio que amor. Elías ignoraba el hecho de que su hermano, muy en el fondo, hubiese deseado ser como él. Su hermano no era ningún estúpido aunque él así lo creyese, quería ser libre como él, quería ser un desgraciado y no una futura promesa. Las futuras promesas siempre son presentes fracasos.  Elías era 2 años mayor que él, pero un abismo les separaba. 

-Un día de estos voy a matar a mi hermano-dijo de pronto Elías

-Mátate a ti mismo, que para eso sí que hacen falta cojones. Recuerdo que una vez me recitaste una frase de un tal Séneca que decía que es más digno aprender a morir que a matar.

-Sí, cierto. Respecto a lo de mi hermano.. que va, mi hermano no tiene la culpa, en todo caso la tengo yo, pero bueno, lo mismo nadie tiene culpa de nada. Epícteto dijo algo así como que el vulgar le echa la culpa a los demás, el inteligente a sí mismo y el sabio a nadie.

-Yo creo que odias a tu hermano porque no te atreves a odiar a tus padres.-le dijo Lucía


Elías no sabía qué decir, parecía haber una tocado una fibra muy sensible, quizá esa era la fibra de la razón, cuando la razón nos estrella contra la pared nos quedamos sin palabras. Tanto alcohol y demás drogas lo habían acercado tanto a la verdad que ya no podía verla desde lejos.  

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